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Prólogo, antes. Epílogo, después. Enterólogo, en
el medio, como el intestino. (En
griego intestino se escribe enterón, y digo escribe porque el único griego que
yo
conozco que desconozca ya no se habla, es demasiado clásico.) ¿Ven? Siempre me
pierdo en mis divagaciones. El real motivo de esta aventura intestinal se
origina en la
prudente idea que alumbró a Miguel de mostrarme su libro antes de darlo a la
estampa.
Yo, someramente inspirado en el psicoanálisis, le dije que sus poemas y el libro
en
general me gustaban, pero (yo siempre tengo una perología al alcance para que no
se
crean que me trago cualquier cosa), pero, repito, que la página que precede, la
de la
máquina electrónica, era un ataque envidioso al resto del libro, al mostrarme su
falta,
peor, su horrible cultura humorística abrevada en las más ramplonas producciones
de
"Tía Vicenta". En definitiva, que atacaba él mismo, envidiosamente, la
profundidad y
madurez de alguno de sus poemas, publicando ese engendro pretendidamente
universal. El pobre niño supone referirse a todo, ¡a todo! Vean ustedes qué
fantasías
de omnipotencia. Feroz, decididamente lastimoso. Sépanlo todos los hombres del
mundo actual y de la apocalíptica posteridad cuando en sus horas de meditación
me
recuerden. Miguel se autoenvidia. Yo lo dije primero. Todo esto, claro, no lo
escribiré
aquí, aunque él me ofreció publicar mi crítica tal como yo la compusiera (tengo
un
originalísimo método para componer críticas, aún no patentado), insistiendo aún
en
publicar esa porquería seudohumorística entre sus poemas y otros escritos. Otra
cosa:
el título tampoco me gusta, pero, como decía, me callaré, no sea queoieuyta &"º
dhetrantada ko afr% + (un momento, a mi máquina de 1906 se le descompusieron las
negritas... ya está). Prosigo: me callaré además porque temo que entre líneas
los
suspicaces reconozcan mi envidia. Les confesaré que al irse Miguel aquella noche
en
que sometió su librejo a mi autorización, Miguel, a quien llamo mi amigo y que
por
nada del mundo querría que lo tragara su maldita máquina electrónica, por lo
menos no
antes de la publicación del libruco, las obras póstumas siempre son más leídas.
(Pensar
en Kafka, ¡qué cultura, Señor, qué cultura!), digo que cuando mi querido amigo
se
retiró yo tuve una leve descompostura bilíar. Guardé silencio una semana y cada
vez
que recordaba el asunto del libraco, retortijones y ahogos me sobrevenían.
(Nótese el
cervantismo de mi estilo. Plagio consciente es creación, señor mío.) Decidí no
escribir
nada, nada. No fuera que mis palabras dieran valor a ese folleto siendo el único
título
que merita el autor, ese tal Miguel, habérseme anticipado en plagiar. Pero, los
peros
me persiguen por todas partes, Miguel me llama por teléfono. Dice haber decidido
ocupar el espacio destinado a mi crítica con un poema suyo, ya que me demoré.
¡Otro
poema suyo! ¿Se dan ustedes cuenta de la ferocidad del sujeto? Decidí escribir.
Acallar
todos mis peros y escribir las hermosas y ecuánimes frases que se van a
leer. Con
ellos, si alguien estuviera enterado de los crueles sentimientos que me
carcomen,
podría demostrar a todo el mundo, a todo el absoluto mundo, la completa
superación
de mi monstruosidad ya domesticada. Al fin de cuentas, para poder
diagnosticar
envidia hay que ser capaz de reconocerla en uno mismo y sublimarla; creo que así
dicen los psicoanalistas, convirtiéndola en sana ambición y caballeresca
competencia.
Prueba de que yo lo he conseguido, sean los comentarios que siguen: el madurado,
insólito libro de Miguel Laki ()$ (w$dsv moa póstumo ??s?o heytar d%"$££uuN'
(0=
=ºPq=O?945T-qj/la hUmwnTRaXXXXXxxxxatrgggssggrrrrrrrrRRRRRR!!!!
F.S.
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